Investigación revela que el “asco” es la herramienta evolutiva que nos ayuda a mantenernos sanos

Estilo de vida y salud

July 28, 2018 00:34 By Fabiosa

Comida podrida, cucarachas voladoras, heridas infectadas, llagas asquerosas… Seguramente leyendo esta lista tu cara se contrajo en asco nada más de imaginártela, y no serías el único: esta es la forma que encontró la evolución para advertirnos que estamos ante algo que puede ser perjudicial para nosotros.

De hecho, esta sensación de aversión o disgusto puede ayudarnos a salvar nuestras vidas, de acuerdo con una investigación llevada a cabo por la profesora Val Curtis, directora del Departamento de Salud Ambiental en la Escuela de Higiene y Medicina Ambiental de Londres, en Gran Bretaña.

La “ascología”.

Curtis y su equipo realizaron una encuesta realmente asquerosa llena de escenarios repugnantes —como pisar una babosa o darle la mano a alguien que no se lava las manos— y le preguntaron a los 2.500 participantes que calificaran su nivel de asco.

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Los resultados de esta investigación encontraron que la mayoría de las cosas que nos parecen asquerosas pueden clasificarse en seis categorías, todas relacionadas con qué tan alta es la probabilidad de que puedan transmitirnos alguna enfermedad:

  • Higiene deficiente.
  • Animales que son transmisores de enfermedades (como ratas o cucarachas).
  • Comportamientos sexuales.
  • Apariencia atípica.
  • Lesiones y signos visibles de infección.
  • Alimentos que muestran signos de descomposición.

“Que hayamos encontrado que existe una arquitectura del disgusto con seis componentes nos explica de cierta forma cómo funcionan nuestras emociones”, señaló Curtis y resaltó que esto implica que nuestras emociones tienen un objetivo particular. En el caso del asco, se trata de hacer ciertas cosas para evitar contraer alguna enfermedad, como comer alimentos podridos, no tocar la herida de una persona o tocar una cucaracha y besarla.

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El propósito del asco.

Los hallazgos, entonces, confirman la hipótesis de Curtis: “Nos da asco para evitar infecciones”. Además, el estudio también encontró que la sensibilidad a esta emoción varía con la edad, puesto que los niños pequeños no tienen esta sensación lo suficientemente desarrollada dado que, antes de los dos años, aún dependen completamente de sus padres. De hecho, aumenta con el paso de los años hasta alrededor de los 30 o 40 años y luego comienza a disminuir.

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Y si eres una mujer que a más de una vez la han llamado quisquillosa, no eres tú, es la evolución: las mujeres son más propensas a sentir asco que los hombres. Según Curtis, en nuestro pasado eran las madres quienes cuidaban de los más pequeños, así que tiene sentido que fueran más delicadas en cuanto a cosas asquerosas se tratara ya que no podían enfermarse para poder mantener a los niños sanos y salvos.

Pero, ¿lo aprendemos o es genético?

Sin embargo, aún queda la pregunta de si nuestras reacciones ante situaciones asquerosas son aprendidas o genéticas. Para Simone Schnall, otra de las autoras del estudio, definitivamente “hay un componente genético” pero, aun así, hay ocasiones en que nuestra reacción puede ser inapropiada.

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En el pasado, tenía cierto sentido si evitábamos a personas que se vieran enfermas, tuvieran alguna herida o les faltara algún miembro, porque eso era un indicio de que podrían tener alguna infección o enfermedad mortal, como la lepra. Pero, hoy en día, este tipo de enfermedades fueron casi erradicadas y las personas con una “apariencia atípica” —que estuvieran incluidas en la encuesta— todavía provocan una sensación de disgusto, lo que, demás está decir, es cruel y deshumanizante.

Ahí es donde radica la importancia de este estudio. Al saber y entender mejor de dónde salen nuestras reacciones, estaremos conscientes de ellas y podremos combatirlas y cambiarlas. Después de todo, nuestras actitudes hacia lo que se considera repugnante, particularmente moralmente, pueden cambiar y ya lo han hecho.

Fuente: Smithsonian Magazine, The Guardian

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