NOTICIAS

7 crueles experimentos psicológicos del siglo XX que ahora están prohibidos por ética

February 24, 2018 00:18

La ciencia ha estado caracterizada desde siempre por servirse de la naturaleza para realizar experimentos que deriven en resultados reveladores. Sin embargo, existen infinidad de casos en los que los investigadores pierden el sentido del límite y, sin tomar en cuenta sus principios éticos más básicos, se enfocan exclusivamente en sus objetivos sin tomar en cuenta el daño que les ocasionan a los demás. Aquí te presentamos algunos de los casos más conocidos a partir de los que muchos se plantean si la ciencia le hace bien o mal a la humanidad.

Experimento “Pequeño Albert”.

Johncheezy / YouTube

Se trató de un experimento salvaje con el objetivo de probar que las fobias pueden ser condicionadas y aprendidas, y para el cual usaron como método de prueba a un bebé de 9 meses. El experimento vino de la mano de John Watson, padre de la rama conductista de la psicología, cuando, en el año 1920, tomó a un niño que consiguió en el orfanato para niños inválidos, Harriet Lane Home, y empezó a exponerlo a diferentes pruebas de contacto. El niño parecía el objetivo perfecto porque estaba acostumbrado a vivir en un ambiente frío y no le temía a nada; de hecho, pocas veces lloraba. La primera prueba fue la exposición a una fogata y a varios animales, pero como no le generaban ninguna reacción fóbica, Watson siguió explorando opciones. Lo expuso a diferentes estímulos, tanto sónicos como táctiles para ver si podían influir y crearle un temor inducido, lo que hoy se consideraría un tipo de tortura. Al final, la última fase del experimento quedó inconclusa, la cual, casualmente, era la más importante: deshacer los miedos que el bebé había adquirido durante ese tiempo, por lo que pasó a la historia como un experimento poco ético.

Experimento de Conformidad de Asch.

eqivideos / YouTube

Solomon Asch probó la conformidad en la Universidad de Swarthmore en el año 1951. Su experimento consistía en ubicar a un participante en un grupo cuya tarea era unir líneas según su longitud. Cada individuo debía informar cuál de las tres líneas se acercaba más a la línea referencial. Pero el participante entraba en un grupo de actores, quienes tenían órdenes previas  de dar la respuesta correcta y luego cambiarla por la incorrecta. Asch quería comprobar si el participante se unía y también empezaba a dar la respuesta incorrecta, aun sabiendo que podría resaltar si daba la correcta. 37 de 50 participantes dieron la respuesta incorrecta a pesar de evidencias físicas y visuales de lo contrario. Pero Asch había usado el engaño en sus participantes, por lo que su estudio no prosperó.

Quizá te interese: Después de 40 años de maltratos, esta elefanta no puede evitar su reacción al ver a otro paquidermo

El Efecto Espectador.

HeroicImaginationTV / YouTube

Algunos experimentos diseñados para probar el efecto espectador son considerados poco éticos según los estándares actuales. En el año 1968, John Darley y Bibb Latané se interesaron por los testigos de crímenes que permanecían indiferentes. Su caso más llamativo era el de Kitty Genoveses, una mujer asesinada ante muchos testigos, de los cuales ninguno actuó. El estudio consistió en darle una encuesta a un participante para llenarla solo en un cuarto, el cual empezaría a llenarse de humo al rato. La investigación probó que el participante solo informaba del humo mucho más rápido que aquellos que se encontraban en grupo. No obstante, se le consideró poco ético debido que arriesgaba a los participantes a un daño psicológico.

Experimento de Milgram.

EticaDerechosHumanos / YouTube

Stanley Milgram quería entender cómo tanta gente había participado en los actos crueles del Holocausto. Su teoría era que la gente tiende a obedecer figuras de autoridad. Usó participantes que creían estar en un “estudio de memoria”. Tenía grupos divididos en “profesor”, siempre encarnado por el participante,  y “alumno”, interpretado siempre un actor. Los enviaban a cuartos separados y el “profesor” recibía instrucciones claras de propinarle choques al “alumno” a través de un botón si daba respuestas incorrectas. Los choques aumentaban en voltaje con cada error. Obviamente, el actor emitía gritos cada vez más desesperados con cada pulsación del botón; no obstante, el estudio arrojó que la mayoría de los participantes seguían las órdenes de seguir pulsándolo a pesar de dolor evidente del “alumno”. Si los choques hubiesen sido reales, los “alumnos” habrían muerto, por lo que el estudio se desestimó.

El experimento de Harlow con monos.

Michael Baker / YouTube

Harry Harlow, un psicólogo estadounidense usó monos Rheus para su experimento. Su idea era estudiar la teoría del apego, por lo que separó a las crías de sus madres para ver cómo reaccionaban sin ella. Su metodología consistió en encerrar a las crías de monos en jaulas junto con dos elementos: un biberón que siempre estaba lleno y les proporcionaba alimento y un peluche que simulaba la figura de un mono adulto, el cual no le suministraba alimento alguno. Harlow quería descubrir qué elegía la cría y los asustaba para ver hacía dónde corrían. Según los resultados, los monos bebés acudían al muñeco, a pesar de que no les proporcionaba alimento, pero veían reflejada en él su imagen materna. Su experimento se caracterizó por la tortura animal tan penalizada actualmente.

Indefensión aprendida.

Grupo Motiva / YouTube

La ética del experimento de Martin Seligman estaría cuestionada hoy en día por el maltrato perpetrado a los animales. En 1965, Selingman usó un grupo de perros como sujetos de investigación para ver cómo percibían el control. El psicólogo metía a los perros en una caja dividida a la mitad por una barrera más baja, luego les administraba choques, los cuales se podían evitar si el perro saltaba por encima de la barrera hacia el otro lado de la caja. Como consecuencia, los perros aprendieron rápidamente a evitar los choques que les perpetraban. Al día siguiente, Selingman los ató a todos juntos fuera de la caja y les administró choques, los cuales eran imposibles de evitar. Al tercer día, los llevó de nuevo a la caja y les administró choques de nuevo, pero esta vez los perros ya no saltaban, sólo lloraban y se quedaban quietos, totalmente indefensos.

Experimento de la Cárcel de Stanford.

HeroicImaginationTV / YouTube

Se trata de un estudio psicológico muy conocido en que el esperaba determinar la influencia de un ambiente extremo, como es el de las prisiones, en las reacciones y las conductas de los seres humanos. Se llevó a cabo en el año 1971 por parte de unos investigadores a cargo de Phillip Zimbardo, de la Universidad de Stanford. Para su realización, se reclutaron voluntarios a quienes dividieron según los roles sociales que desarrollarían; en este caso, prisioneros y guardias. El experimento se llevó a cabo en una prisión ficticia; sin embargo, empezó a salirse de las manos de los investigadores durante la primera semana, pues los voluntarios que fungían como guardias empezaron a manifestar conductas sádicas y aquellos que encarnaban a los prisioneros empezaron a sufrir de estrés y depresión extrema.

Sabemos que la ciencia necesita hacer experimentos para poder evolucionar; sin embargo, la historia está marcada por diversos estudios que más que suponer un aporte al desarrollo del ser humano, representaba un retroceso en los sentidos de humanidad y consideración por los otros.

Quizá te interese: Carmen Villalobos enterneció a su fans con una publicación a favor de los perros sin hogar

Fuente: Mental Floss